Librería
Estoy en la ciudad de Mérida, camino por la acera de una calle llena de sol. Es la una y los muros todavía no hacen sombra, me estoy achicharrando y todavía no llego al punto marcado en el Google maps, El Apapacho, un lugar que me recomendaron para comer. Parecía cerca y fui entusiasta, se me hizo fácil llegar caminando, pero ahora resoplo de calor y me derrito. Sé que entre más despacio vaya más tiempo estaré bajo el sol, así que debo apresurarme. Cuando por fin llego, lo primero que encuentro es un salón sombreado y lleno de libros, una chica me sonríe detrás de la barra y, sin que diga nada más allá del saludo, me ofrece un vaso de agua fresquita, no fría, fresquita que me vuelve a la vida. Le agradezco, tomo un respiro y por supuesto que voy hacia los libros. Un letrero muy lindo, pintado a mano, cuelga de uno de los estantes, dice: La Meiga. ¡Es aquí! ¡La encontré por casualidad! Una librería feminista que sigo en redes desde hace tiempo y que me encanta. Ver los nombres y los títulos de los libros colocados en los estantes, reconocerlos cercanos, interesantes, intrigantes, me hace sentir entre amigos, y eso que para entonces todavía no he platicado con Anne, la fascinante librera encargada de este prodigio.
En lo que va del año he tenido la dicha de visitar algunas librerías independientes del país, que me han dado la oportunidad de presentar mi novela Notas desde el interior de la ballena. En La Increíble Matías y yo nos dimos vuelo viendo libros después de la presentación; en El Traspatio, de Morelia, me recibieron con un platazo de uchepos, pude platicar muchísimo con Mara y Karla preparó un pastel hermoso con la portada del libro; en La Pessoa, en Querétaro, Kendy me regaló una ballenita pachona hecha de crochet y en la presentación había un niño y una niña que no paraban de hacer preguntas de lo más importantes, difíciles, comprometedoras. Han sido encuentros que calan profundo, refrescantes, que le dan un sentido distinto a la escritura.
Hoy, 4 de julio, a las 18, toca presentar Notas desde el interior de la ballena en Utópicas. Estoy muy emocionada porque me acompaña mi mana Lola Horner y porque invité a un montón de amigas y de colegas a las que quiero abrazar, con quienes quiero pensar y coincidir. En esta ocasión, el libro es solamente el pretexto para vernos. Utópicas es el lugar perfecto, un espacio que invita a romper protocolos y entrar en contacto más allá de simulaciones.
La sensación de arropamiento que regalan estas librerías, que me hace decir “de aquí soy, este es mi mero mole, mi segunda casa”, me hace pensar en la forma en que las librerías se han transformado en los últimos treinta años.
En mis primeras escapadas libreras, en los años noventa, las librerías solían ser tiendas enormes, con plafones en el techo y piso de uso rudo, vitrinas hacia alguna calle ruidosa del centro, espacios tipo almacén con mesas atiborradas de saldos, malas traducciones de clásicos, agendas desfasadas, recetarios, libros de superación personal, esoterismo y biblias. Las pilas se desbordaban por el suelo y era casi imposible encontrar a un empleado con camiseta polo que le ayudara a una a buscar un título en el sistema. En esas librerías compraba sobre todo cd’s de la Gramophon que estaban en súper oferta, casi nunca lograba dar con ese libro que no sabía que estaba buscando.
Hacia los dosmiles llegó el concepto más glamoroso de la librería con cafetería y entonces había que elegir entre gastar en café o en libros, para vivir la experiencia y dárselas de intelectual. Fue una etapa súper snob para muchxs. Oíamos a Silvio Rodríguez y a Madredeus. Las traducciones de Anagrama estaban llenas de gachupinismos y hasta los escritores latinoamericanos escribían en ese registro, sonaban todos igual. Casi no se publicaba a mujeres, la poesía erótica era ilegible y en los talleres, más que aprender a escribir, aprendíamos a funcionar de acuerdo con las formas del cacicazgo cultural. Fueron tiempos oscuros de lo que llamo “el viejo PRI”. Saber de literatura era leer a puro ceñoro rancio y para ser escritor había que ser bukowskiano, beber como teporocho y vivir en la bohemia. El canon estaba reducidísimo a la narcoliteratura y las novelas llamadas “rosa”. Nos horrorizaba el término “literatura light”, ¿se acuerdan?
Entonces comenzaron a hacer cada vez más ruido las editoriales independientes. Algunas ya estaban desde mucho antes, pero de pronto comenzaron a surgir más proyectos y a publicar propuestas más arriesgadas, a confrontar lo canónico, a generar disidencia desde lugares y circunstancias de lo más diverso, a persistir, persistir, persistir. Sin embargo, la vulnerable estructura económica de muchas de estas editoriales no les permitía llegar a los grandes almacenes y vender sus libros como si fueran yogurt con fecha de caducidad. Fue ahí que comenzaron a surgir espacios alternativos que daban acogida a los libros de las editoriales independientes. Una cafetería que tuviera un librero o dos era ya un verdadero oasis en ciudades donde las librerías de cadena vendían poco más que rompecabezas y Paulo Cohelo.
Puedo estar equivocada, pero creo que fue así, que la determinación de las editoriales independientes para mantener su apuesta contra viento y marea se sumó a la sed y a la exigencia cada vez más aguda de los lectores por encontrar propuestas diferentes, y lo que faltaba eran espacios que propiciaran el encuentro. Muy poco a poco las librerías independientes fueron surgiendo y se fueron afianzando como los espacios de resistencia que, ahora nos damos cuenta, son vitales para crear comunidad y dar acceso a otro tipo de discursos; espacios amigables, relajados, con plantitas, con perros, con gatos, con un silloncito o dos, con un rincón de lectura, una mesa donde tenemos que apretarnos cuerpo a cuerpo para tomar un taller o escuchar a unx autorx y preguntar cosas sin temor a hacer el ridículo, porque el espacio propicia esa clase de interacción, hay confianza, hay afecto, de aquí soy, este es mi mero mole.
Nota importante: la librería de barrio no vive del puro entusiasmo. Son espacios de resistencia que dependen de nosotrxs lectores y los compradores de libros para seguir existiendo, así que cuando queramos comprar libros pensemos dos veces antes de recurrir a la inmediatez amazónica y dejémonos seducir por la curaduría de una librería de barrio, seguro que encontraremos, entre otras cosas, ese libro que no sabíamos que estábamos buscando.
Pd. La foto de portada es de La Pessoa, en Querétaro, que tiene una colección de fanzines increíble!




Hola Ave
Me llamo Sonia Tawil, te mandé un mensaje por Instagram, ojalá que lo puedas leer.
Quisiera tener un plática de 5 minutos contigo, ¿cuál es la mejor vía para esto? Ojalá que veas este mensaje.
Me encanta como escribes.
Donde ahora está la MegaGandhi en MAQ antes había una carpa enorme con un tiradero de saldos donde igual se podía encontrar El Urogallo desfasado como un año que libros en saldo de la Colección del Milenio. Nada que ver con el edificio aséptico y con Starbucks a la entrada. Es verdad: las librerías se han transformado de formas muy variadas.