Retorno
Me considero buena conductora aunque puedo ser bastante despistada, como la vez en que íbamos por el libramiento de Cuernavaca y se me pasó la salida para tomar el camino de regreso a casa. “Más adelante debe haber un retorno”, dijo Manuel, que iba conmigo. Un par de kilómetros después, ya sobre la carretera, vimos un tramo del camellón central cerrado con bloques de concreto. Ese debía ser el retorno, pero estaba cerrado. Tomé la desviación a Tepoztlán y ahí, a unos cuantos metros vimos al pasar un caminito de tierra lleno de baches donde las marcas de llantas indicaban una vuelta en u, improvisada por las obras que había en ese entonces, pero me pasé de largo porque yo esperaba ver un camino de asfalto, bien trazado y señalizado. El caso es que nunca encontré el retorno. Llevada por la inercia llegué al centro de Tepoztlán, donde ya mejor nos quedamos a pasar la tarde.
Aunque en términos literales y automovilísticos retornar es tomar el mismo camino en el sentido inverso, en un sentido más simbólico, que considera la cualidad lineal del tiempo, retornar es imposible, más bien se avanza sobre la marcha aunque el rumbo nos lleve al lugar donde estuvimos antes. “Regresar es irse”, dice Maria Luisa Elío en su nostálgico libro Tiempo de llorar, donde intenta volver a la Pamplona que abandonó de niña a causa de la dictadura, y descubre que la ciudad que conoció ya solo existe en sus recuerdos.
Me pasa cada que regreso a Guadalajara, mi ciudad de origen. Durante estos veinte años que he vivido fuera de casa he podido ver con cada viaje cómo la ciudad se reescribe progresivamente en mi memoria, las cosas que permanecen: algunos edificios, algunas avenidas; las cosas que cambian: los árboles que crecieron, los negocios que cambiaron de fachada y de nombre, los rostros de las personas. El retorno en su sentido nostálgico es una falacia. Una vuelve, por lo general, con la idea de la inmutabilidad de aquello a lo que se vuelve. La realidad es que viajamos en un presente que nos transforma y a cada instante va resignificando la experiencia.
Los primeros días de enero flota en el aire el espíritu del inicio, el dios Jano y sus dos caras nos invita al recuento y a trazar nuevas intenciones, a escribir propósitos y renovar voluntades. Mi voluntad ahora es retomar este Substack y seguir escribiendo acerca de los espacios que habito o transito, la arquitectura que teje la realidad de la que formo parte. Me entusiasma volver luego del vértigo bonito de los meses que pasaron, aunque soy escéptica con la idea del retorno. Decir “este año vuelvo a la natación” es una idea que se construye sobre el fracaso de quien pagó la inscripción anual y solamente pudo asistir un par de veces a la alberca (hay casos, me han contado). Pienso que esa manera de ver las cosas anticipa y teme la posibilidad de un nuevo fracaso.
El retorno no existe, el viaje avanza de manera lineal, de modo que la idea del paseo me parece más divertida. No volver sino iniciar cada vez y persistir sobre esa voluntad de inicio las veces que sea necesario, sin culpa, sin reproches. Volver de modo compasivo a la novela, al ejercicio, a la escritura de un diario, a los rituales domésticos es más efectivo a largo plazo que la férrea determinación en la que cualquier tropiezo se siente como fracaso; dejar que la voluntad nazca y nos lleve como el camino que se planta bajo los pies. La persistencia más efectiva nace del gozo. A mí me hace muy feliz escribir acá y sentirme acompañada de su lectura, así que seguiré haciéndolo siempre que me sea posible.
¡Gracias por permitirme compartir contigo este espacio!




Yeiii, qué alegría que retornaste ;)
Un gusto que escribas por aquí. Espero seguir acompañado y disfrutando tus letras. Saludos Ave